ESSAYS: Los condones de Giacomo

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Condoms


LOS CONDONES DE GIACOMO

Entre los precursores de la literatura de memorias, género inaugurado por San Agustín en sus Confesiones, encontramos una figura sorprendente que hoy podría reeducar nuestra empobrecida imaginación existencial, cambiar totalmente lo que significa vivir, sacudiendo saludablemente nuestros valores, si fuera fácil conseguir y leer la "Historia de Mi Vida" de Giacomo Casanova (Venecia 1725-Dux, Bohemia 1798), ahora que padecemos de un renacimiento puritano y moralista forrado de ignorancia. Pero no es sencillo para el lector que no entiende el Francés, idioma en que fué escrita la obra, cuyo manuscrito fué publicado una sola vez de manera integral en el siglo veinte y escondido nuevamente por sus propietarios caprichosos. El manuscrito, fetiche inaccesible, por fin habló, hacia 1960, después de un largo siglo de versiones incompletas, corregidas y expurgadas.

Desde los tiempos de la muerte de Bolívar la obra de Casanova aparecío en toda Europa, en una ola de publicaciones fragmentarias en diversos idiomas que fué recibida con interés y fruición. Pero desde que apareció el manuscrito completo se puso de manifiesto una verdad natural en estos casos; es imposible saborear la plenitud del Casanovismo por extractos, sin acompañar al aventurero por el rico sendero de tres mil páginas; y es imposible visitar ese mundo sin que se instale un apego duradero - en lectores y lectoras - por el genio que se convirtió en paradigma de seducción y aventura para generaciones de libertinos.

Escritas a lo largo de la última década del siglo de las Luces, las memorias de Casanova lo cierran magistralmente, casi sin proponérselo; sin sistema, sin otro orden que el de la aventura. Y esta afirmación tiene mucho peso si sabemos que el siglo XVIII es justamente el apogeo de la Razón, y no hay nada más irrazonable que la aventura de Casanova, nada más injustificable que sus acciones; esto las hace aún más amables. Ciertamente, entre la producción de los Filósofos del siglo hay obras clásicas poco sistemáticas, hasta desordenadas, como el Espíritu de las Leyes, de Montesquieu, que son una deliciosa colección de muy lúcidas consideraciones sociopolíticas, una ensalada jurídica e histórica de muy recomendable lectura; otras son francamente libres, aunque siempre gobernadas por un sistema subyacente que las justifica, como "Jacques le Fataliste", o "El Sobrino de Rameau", de Diderot. Tal vez la obra más sistemática y fría del siglo XVIII sea "Las 120 jornadas de Sodoma y Gomorra", de Donatien Alphonse de Sade, donde una geométrica administración de la tortura sexual puede ser leída como una alegoría invertida del imperio de la razón sobre las pulsiones, espejo del gobierno perfecto imaginado y escrito en el mejor lugar para ello: las cárceles del reino de Francia. Nada más distante de las memorias de Casanova.


Las mejores obras salen siempre de la pluma de los reprobados, y el discurso del talentoso inconforme Giacomo Casanova se fué construyendo a lo largo de una vida guiada por un individualismo rechazado por príncipes e inquisidores: no hay nada más irritante para el mundo pálido y mediano de los conformistas que el talento libre e insumiso de un hombre; peor si bien parecido, italiano, de un metro noventa, amante de la elegancia y del lujo, educado y muy astuto, además de veloz en sus decisiones, valiente en sus impulsos, e imparable en sus enamoramientos férreos y fugaces. El talento siempre causa escozor en los mediocres, sospecha en los ignorantes. Semejante "hombre de letras", como se autodenominaba, no podía sino escribir una de las obras más cautivadoras y edificantes de la literatura europea, que se lee como una novela, pero que invita al lector a sumergirse literalmente en una alteración de sus costumbres, a revisar sus definiciones, algo que las novelas no logran casi nunca con tanta profundidad por tener una trama de artificios siempre aparentes.


En el Siglo de las Luces se destacan otras memorias, las primeras de la literatura moderna que le sirven de referente a las de Casanova: las "Confesiones" de Rousseau, con sus revelaciones autobiográficas que nadie estaba preparado para leer, plenas de sinceridad suiza, presentaban una postura crítica ante la Sociedad. Ese cuerpo nefasto, según el Filósofo, que la describe como fuente de todos los males, pervierte al hombre, ser que nace "bueno". Crítica ingénua, pobre Rousseau, y pobrecitos sus patéticos seguidores; esa frágil transparencia que nos entrega, con su corazoncito en la mano, choca primero contra el afilado escollo del sarcasmo de Voltaire y luego se ve pulverizada por la fuerza sublime y perversa del remolino casanoviano. Al contrario de estos Filósofos profesionales, que ejercían su oficio públicamente, Casanova va urdiendo su testimonio final para la intimidad, sin esperar la aprobación académica, ni la social de los cenáculos, ni siquiera esperando la publicación, y mucho menos el éxito editorial, a pesar de compartir sus capítulos con selectos corresponsales, a medida que iban saliendo por fajos; esta motivación íntima le confiere a la obra una fuerza y un poder de convicción que no alcanzan ni la postiza sinceridad de Rousseau, ni el virtuosismo exhibicionista de Voltaire. Anciano y desdentado, animado por un médico que le recomienda la terapia de sentarse a escribir su historia para olvidar sus amarguras, Casanova se despoja de vanidades, vergüenzas e ilusiones para contarnos cómo su vida fué guiada por los impulsos incontrolables del capricho amoroso, construyendo con su relato el testimonio más elocuente de un tiempo cuya grandeza irrepetible nos bofetea con insolencia. Sus tres mil páginas, los centenares de episodios desarrollados con buen oficio de narrador, tienen una rara virtud, que es la que siempre deberíamos exigirle a unas Memorias: hacer que nuestras vidas parezcan pálidas, aburridas e insignificantes en comparación; hacer que nuestras existencias salidas del inodoro siglo XX, aterrizadas en el incoloro siglo XXI, se revelen como están hoy: privadas de la diversidad topológica por la ubicuidad del celular que convierte al planeta entero en un gigantesco útero con taxímetro (resulta igual charlar con una persona desde un escritorio que cagando, o caminando por una playa: se acabó la sagrada y simbólica diferencia entre los distintos lugares del planeta), aplanadas por la siniestra universalización de las grandes marcas y por la forzada homogeneización moral, legal, tarifaria y emocional propiciada por las corporaciones, fomentada por el capital rentista europeo y norteamericano, que han convertido al planeta en un establo de ordeño. Se acabó el espacio, se aniquiló el tiempo, solo nos queda la factura.

 

El propio Rousseau, que Casanova nos muestra por un par de días en su célebre retiro de Montmorency, parece un ser anodino, frágil neurótico que gana su triste pan copiando música para oscuros compositores, mientras Casanova va de salón en salón conquistando jovencitas, timando Marquesas, llenando sus alforjas de oro ganado en las mesas sospechosas del juego de cartas, o en misiones de alta finanza para la corona de Francia. Sin proponérselo, por sus inclinaciones mediterráneas, Casanova usa una paleta mucho más luminosa y alegre que otros autores celebrados por su colorido; sin pretensiones de gran filósofo destila un licor mucho más embriagador que muchos razonadores de oficio, creando una literatura espirituosa llena de registros de lectura, con macro-ritmos formales sorprendentes que elevan la obra al nivel literario de un Proust, con la pequeña tristeza colateral de ser ésta una pieza apátrida de la literatura, rechazada con injusto rigor por muchos académicos franceses debido a unos cuantos italianismos e impurezas de estilo, "defectos" que a nuestro juicio le incrementan el sabor. El propio Casanova nos dice: "...y el empecinamiento de la Academia Francesa (de la lengua) en no querer adoptar palabras extranjeras no demuestra otra cosa sino que el orgullo va con la pobreza." y prosigue con esta maravilla: "Nosotros continuamos tomando de los idiomas extranjeros todas las palabras que nos gustan; nos gusta volvernos cada vez más ricos; encontramos incluso placer al robarle al pobre; es el caracter del rico."

 

Siempre levanta una sospecha deliciosa la duda acerca del límite entre la ficción y la realidad en sus páginas. Y aunque los detectives biográficos hayan corroborado asombrosamente la mayoría de las fechas, investigando a fondo todos los personajes, hasta los escondidos bajo seudónimos o iniciales, se revela una cosa esencial: el que maneja con naturalidad la construcción literaria, como Casanova, siempre termina narrando hasta la propia realidad más factual como si fuera un hilo de ficción, es decir con arte en el ritmo y las dosis de información. Pero si existen, como se sospecha, puntuales episodios completamente novelescos entreverados con otros de biografía estricta, el procedimiento literario es doblemente magistral, pues construye la muy codiciada verosimilitud narrativa -motor de la lectura de prosa- con una eficacia superior. Se dice del italiano, como de otros pueblos mediterráneos, que miente como respira. Y para poder continuar mintiendo -actividad fundamental- hay que conservar siempre un fondo muy apreciable de credibilidad, sin el cual la mentira deja de ser tomada por verdad, periclitando en falsedad total, categoría muy inferior del discurso. La sospecha que condimenta toda la lectura es un aderezo delicioso, que en la situación inversa de la ficción pura también existe, cuando en una novela nos preguntamos: "¿No será que esto ocurrió realmente?". Nos podríamos preguntar si el símbolo de la vida misma no es esa misma sospecha que condimenta toda lectura, una suerte de duda eterna asumida con buen ánimo; y a la inversa si la muerte simbólica, la parálisis del alma no es precisamente alcanzar la certeza ciega; afirmación consistente con las conclusiones de muchas corrientes de pensamiento. El casanovismo como fenómeno nos anima a pensar que la manera más elegante de vivir es viéndose uno mismo como personaje de tragicomedia, con la posibilidad de reírnos de nuestro propio papel, y de las situaciones que nos inventa el autor supremo, algo natural para un italiano, por supuesto, y un poco más difícil para un francés, que generalmente no cree en dramaturgias celestiales. (la felicidad es cuestión de técnica narrativa)

 

Lo que cuenta Casanova asombra no solamente por lo excepcional de una afortunada existencia llevada con atrevimiento gozoso - aventuras insólitas donde las mujeres también gozan, aún enclaustradas (por ejemplo en el episodio apasionante con la hermosísima monja veneciana, rodeado de circunstancias novelescas, o los amores con otras monjas y devotas, liberadas por Don Giácomo)- sino que asombran también por la revelación social, por el corte transversal que sus actos libidinosos efectúan en el mapa moral y sicológico de su tiempo que nos entrega para el descubrimiento íntimo. Su presión conquistadora, ejercida sobre cerrojos familiares, religiosos y morales, los desbarata totalmente, desmontando sus mecanismos íntimos, revelando las sutiles balanzas y los resortes que relacionan interés material, apariencias, represión, manipulación y libido. El hecho de que las descripciones de seducción y amoríos sean el núcleo central de las memorias de Casanova demuestra su gran nivel de escritura, pues este es sin duda el registro más difícil de la pluma, que solamente los genios en sutileza como Marivaux (en sus ensayos, además del teatro) o Proust, han alcanzado sin caer en la banalización sentimental, y lo cierto es que pocos lectores disponen del ocio para elevarse a estos grados de volatilidad. El arte de la seduccíon es el aprendizaje de los códigos de cada doncella para vencerlos, y en la narración Casanova hila muy fino para exponer semejantes sutilezas y situaciones. Gracias a esta altura, a esta aristocrática percepción del mundo, la "Historia de mi vida" nos muestra las costumbres y los límites del comportamiento en una época fascinante; viejos vinos que no hubiésemos podido degustar -por la escasez de testigos tan elocuentes- si su autor hubiese atajado en el pecho la bala que apenas hirió su mano en un duelo en Varsovia; si la policía inglesa lo hubiera capturado y llevado a la horca por canjear -según él de buena fe- una falsa carta de crédito en Londres; o si se hubiese deslizado al vacío sobre los resbalosos techos por los cuales se escapó de la más famosa cárcel de Venecia en la fuga más sonada y espectacular del siglo XVIII- ¡Prueba de que algunas veces paga librarse de las garras de la Ley! En su tiempo Casanova se volvió famoso por esa fuga, pero se hizo más famoso aún por el relato que hacía en los salones de su increíble aventura, relato que llegó a escribir y publicar. Vivió pués de su fama de aventurero que le abrió las puertas de la sociedad más selecta, pero esa fama era un producto literario; el éxito era finalmente cuestión de técnica narrativa...

 

Su trayectoria meteórica chocó con la de muchos otros aventureros, colegas de un gremio bien nutrido en aquel siglo; cuando el relato los acerca a la luz del recuerdo, para pronto soltarlos de nuevo a la oscuridad del olvido eterno, caemos en cuenta de la importancia del momento en que Casanova se hizo escritor, y de la generosidad de su procedimiento literario; de las otras vidas aventureras, de sus hilos conductores, quizás extraordinarios, no quedó nada, apenas unos pequeños nudos y enredos formados al cruce con el filo de la conciencia casanoviana. El egoísmo aparente de una existencia centrada en el falo del gran Giácomo se convirtió por la escritura en un tesoro para la posteridad: la cartografía sentimental del Gran Siglo; el retrato de las grandes naciones en sus íntimas pequeñeces, que son el fundamento de sus grandezas y sus defectos . Pocos supieron hacer lo mismo a partir del "material vivido", el gran arte no es aristocrático por ser de ricos, sino porque cuesta mucho alcanzarlo: sutil diferencia. El procedimiento parte de una fermentación de infinidades de notas cotidianas para luego destilarlas presionado por la muerte. 

 

Su vida pendía siempre de un hilo amoroso: "Las mujeres siempre fueron las maestras que arman y desarman mi espíritu". No sabemos cómo pudo Giacomo curarse de tantos brotes venéreos y lograr sobrevivir para contarlo en una época en que los condones, nativos de Inglaterra, confeccionados en tripa de ovejo y amarrados en la base del pene con una elegantísima cinta de seda rosada, como un marcalibros para entrepiernas (ver foto), constituían una novedad un poco escandalosa y sobre todo aparatosa; eran vendidos en paqueticos de diversos tamaños, sin lubricante, y había que probarse varios antes de amarrar la cinta protectora...difícil en plena galantería sin estropear el momento. Todos esos detalles del siglo de las Luces; visuales, tactiles, costumbristas, turísticos, financieros, legales, constituyen la utilería y el contexto de la gran sinfonía casanoviana. De las telas de los trajes, la moda de las pelucas y los peinados, la novedad de los condones, los tipos de tabaco rapé, pasamos a otros niveles de construcción, como la cena del Cardenal romano con su novio el castrato vestido de mujer, o Casanova creando el disfraz perfecto para unas doncellas en el carnaval de Milano, transformando costosísimos vestidos en harapos a tijerazos, para luego remendarlos con parches de lujosa seda. Por el libro conocemos, entre tantas otras cosas, la estrategia para invitar a una preciosa y desconocida devota de veinte años a un baile de máscaras en Madrid, para terminar en un Fandango enloquecedor, pero lograr hacer el amor con ella antes de llegar a la fiesta; la forma de administrar una orgía a cuatro, con dos monjas divinamente erotizadas y un diplomático franc_és, cardenal además, en una garçonnière veneciana, después de toda una construcción de relaciones cruzadas dentro y fuera del convento. Descubrimos la secuencia de movimientos necesarios, concebidos y dirigidos desde una celda de la más famosa prisión de Venecia para lograr la mayor conquista: la libertad después de un año de encierro; o la manera de pretender comunicarse con el Genio de la Luna y recibir sus mensajes escritos usando tintas invisibles secretas, flotando en un baño místico de aguas perfumadas con una Marquesa, para al final extorsionarla y robarle sus diamantes. Saboreamos el truco de reescribir en una noche una obra de teatro, sin usar la letra erre, para que una actriz con defecto de pronunciación tenga como por arte de magia una presentación triunfal; descubrimos el sistema para reactivar la alicaída lotería del rey de Francia, o el modo de abordar a la emperatriz de todas las Rusias en su paseo vespertino por los Jardines de San Petersburgo; y en un toque de genio, la manera de conseguir rápidamente un gran préstamo simplemente cediéndole a una sirvienta lenguatona las últimas tres monedas de oro que uno posee, de propina, sin cruzar palabras...¿Algo más? tenemos también en este gran libro infinitas consideraciones sobre los más variados temas: estéticos, filosóficos, políticos; cuestionando la pertinencia de sustituír en Roma las cantantes por castratos, que incitan más a la orgía por ser más lascivos y perversos que las artistas; citando las muy actuales reflexiones de un pintor que se pregunta si la obra artística tiene conclusión, o si al contrario lo que llamamos obra concluída no es sino una mera contingencia suspensiva, el punto en que quedó abandonada la pieza; tenemos también las meditaciones sobre el sentido de la fortuna y el azar, sobre la belleza física y el paso del tiempo, sobre el poder de los monarcas, los límites del gobierno en la intimidad de los sujetos, sobre la censura y la inquisición; y las evoluciones íntimas exquisitamente escritas, el arte de vencer todas las resistencias con la conversación y la teatralidad...Todo entreverado, urdido en una trama de episodios genialmente alineados donde siempre se evidencian las enormes distancias entre aquel tiempo y el nuestro, y un genio que nos alcanza con su visión que las trasciende.

 

Siendo la era monárquica un edificio de inmovilismo político y social, de explotación feudal, de trabajo infantil, de enormes desigualdades de ingresos, la principal diferencia que percibimos en relación al presente se ubica en la conducta de los personajes que animan las páginas: no había entonces como hoy un patrón absoluto y fijo del éxito social y laboral, el cual genera frustración si no se alcanza; esto nos parece fabuloso. No existía un promedio deseable de educación universal, una red de seguros y protecciones al ciudadano, una escala de "valores humanos" basada en la igualdad por lo menos teórica de todos los que nacen; esto nos espeluzna. En la historia escrita por Casanova se siente una anarquía en la orientación de las vidas que buscan liberarse de los distintos grados de sumisión y necesidad, dando tumbos por el mundo; se percibe un caos impráctico en la secuencia de los propósitos personales y la dirección de los esfuerzos: no hay "proyecto de vida" porque no hay movilidad social, solamente cambios de fortuna por rupturas y saltos: Juego, robo, estafa, alianza de interés...o Revolución. La idea de trabajo como imperativo categórico no existe; la gente no "hace" nada, simplemente "es": se "es" Grande, mediano, o no se es nadie. El trabajo, antes de la revolución burguesa e industrial del norte europeo, todavía no era un factor de transformación y de ascenso social; el trabajo no era un valor moral, y en muchas partes, como España, era una desgracia. En esto vemos geográficamente dos polos opuestos revelados en este libro: Inglaterra, que ya es una economía moderna cuando Casanova pasa por Londres en los sesentas, y España, que es ultra feudal, retrógrada, inquisitorial y anti-industrial, casi hasta los sesentas, pero del siglo XX. En general la gente común, ricos o medianos, no emprenden transformaciones estructurales de su realidad, y no sufren moralmente como uno sufre hoy por estar desocupado: buscan tal vez colocarse en un fichero de privilegios inmóviles desde siglos, o buscan limosna. Por lo impráctico, improductivo y lo poco rentable de la economía, la crisis de abastecimiento y el hambre se disparan con facilidad en los campos, cuando el clima o la demografía sufren desequilibrios. Así se va construyendo un declive histórico hacia una ruptura social en el reino de Francia.  Se olfatea una decadencia en la ética de los altos estratos que se agudiza a medida que se acercan las terribles fechas de 1789; pero en todo el continente y en toda la sociedad se percibe una capacidad descomunal para ser feliz en y por un instante, espontáneamente, muy similar a la del latinoamericano actual; cualidad humana que ha sido borrada del mundo europeo desde finales del siglo XIX. Casanova es también el cronista de ese lento declinar de los privilegios monárquicos de Francia en su ruta hacia el cadalso, haciéndose eco de la indignación de los nobles: "¡Oh! mi querida Francia, donde todo en aquel tiempo iba bien a pesar de las cartas de condena, los castigos, la miseria de los campesinos, el buen placer del Rey y sus ministros ¿En qué te has convertido hoy? Tu rey es el pueblo. El más brutal, el más loco, el más indomable, el más pillo, el más inconstante, el más ignorante de todos los pueblos..."

Casanova escribe esto en el momento más espantoso de la revolución francesa, cuando la cortina final cae sobre el Antiguo Régimen, en un remolino inevitable de masascres absurdas y de caos político, acabando con el delicado microclima de neblina de champaña donde florecía su orquídea libertina. Aunque adoremos a Casanova, conocer a ciertos oligarcas que frecuentaba explica porqué afilaron tanto la hoja de la guillotina. Pero Francia perdió en un instante a muchos de sus genios anónimos por ser aristócratas o burgueses, y la pobreza espiritual de la era napoleónica fué consecuencia de esa purga fatal, que hubiera arrastrado al propio Casanova si este se hubiera asomado por París durante la conflagración.

 

Pese a las incomodidades, infecciones, pestilencias y luego la inminencia de una revolución comandada en su punto más cruel por los más ignorantes, nos da cierta nostalgia no haber vivido en un tiempo tan fecundo como lo fué el tiempo del rey Luis XV y luego el del ciudadano Luis Capet, ex-XVI, guillotinado.  La fragilidad y la brevedad de la vida de entonces, la presencia excelsa en los letrados de la más alta cultura clásica latina e italiana, y en el arte de una gracia aristocrática que nunca más se respiró; donde no había espacio para la banalidad  en el conocimiento, donde no existía como hoy fama sin talento, donde la uniformidad de los códigos penales -impuesta lustros más tarde por el dictador Napoleón- no interrumpía aún el fluír de las empresas más insólitas. Todo ello contribuía a formar un universo lleno de irregularidades, propicio para la aventura, que es Irregularidad capturada en el lenguaje; un mundo singular abierto al deseo y sus peligros sin las consecuencias homogéneas y codificadas de la actualidad. Compartir sus aventuras amorosas salpicadas de política, ocios y negocios, es un acto que pone a prueba los límites de la esbelta y gatesiana moralidad vigente, llena de puritanismo, eficiencia y corrección política, diseñada en laboratorio y actualizada en versiones nuevas cada año. Sin lucidez ni inteligencia relativista, ni transición, en Occidente pasamos del misal al manual de instalación.

 

Se puede congelar este sistema operativo moral actualizado si el usuario navega por las páginas casanovianas, llenas de escenas reprobables: puede horrorizar la posibilidad de que Giacomo sienta atracción sexual por una niña, y que se lo demuestre; que le haga palpar su pene erecto a una adolescente de buena familia, mientras la tía de la niña sonrojada arriezga su oro sobre unos naipes en el salón contiguo; que acepte el desafío de la madre de otra niña que tiene el himen inpenetrable, intentando sin éxito su apertura a la fuerza durante horas con un alegre compinche, por deporte;  o que nuestro héroe acepte el trabajo infantil, y aproveche por su condición la explotación de los más pobres, e incluso la esclavitud sexual prolongada. Puede escandalizar que este Don Juan manipule abiertamente a una joven, sin disimular por un instante sus intenciones, para lograr poseerla por medio de obsequios y condiciones materiales, y que el trofeo sexual le sea otorgado únicamente por el oro y la posición social ofrecida, sin que ella lo admita; que el gran jugador profesional justifique lo inevitable de la trampa y el engaño en juegos de azar, aunque pretenda nunca haber "corregido la fortuna" para enriquecerse; que el cabalista impostor engañe sistemáticamente a las incrédulas vícitmas de sus oráculos cifrados; que esta serpiente perversa haga uso permanente del estigmatizado subterfugio de la seducción social -pecado reseñado por Dante en su infierno- para circular por el mundo, aprovech_ando el favor de los poderosos; ofreciendo improvisadas cenas lujosas para aflojar los cercos familiares que protegen a las codiciadas doncellas; brillando con su gran cultura y su fantochería de italiano excepcional para ganarse temporadas enteras de ópera y cenas gratuitas, o poniendo al servicio de los reyes y las cortes su astucia para descubrir conspiraciones y mover palancas secretas, muchas de las cuales nunca conoceremos... ¡Que viva la Literatura!...¡Si este fuera un video-juego o una película ya los hubieran prohibido! Pueden escandalizar al ingenuo todas esas situaciones que rechaza el código moral de la vida moderna, pedofilia, abuso de niñas, esclavitud sexual, estafa, etc... pero afortunadamente los códigos de corrección política y penal no tienen nada que hacer en un libro, y mucho menos en uno terminado en 1798, ni nada que buscar en la obra de Arte, que en este caso consiste en mucho más que escenas de abuso sexual a menores de edad. ¿Qué podemos pensar de las páginas más terribles de las Elegías de Varones Ilustres, sublime poema-saga de Juan de Castellanos, donde los genocidas más sangrientos, los secuestradores y asesinos más crueles de la Conquista se convierten, a la segunda generación, en tranquilos fundadores de naciones? El tribunal del Arte saborea el verso que pinta la sangre indígena en sus espadas; goza con el fragor de la batalla donde triunfan los cristianos degenerados, y también con el veneno de la flecha que traspasa al español. El Arte es así, una piedra filosofal que no tuvieron los alquimistas, la que convierte todos los horrores en maravillas cuando logra manifestarse; Arte que transforma la mierda profunda del ser humano en oro estético por la transmutación simbólica. Siempre nos conmoverá el perfil humano de Casanova, el coraje de dejar florecer su deseo, por más terrible que sea, para revivirlo hasta sus más nefastas o sublimes consecuencias en la fragua de un texto inigualado, que le costó doce años de introspección deliciosa y dolorosas decisiones: la lectura de sus páginas nos lleva al punto filosófico de perspectiva donde la fornicación más desbraguetada puede ser tan perfecta como la más mística castidad. La lectura pone en juego la curiosidad perversa, la lujuria, muestra al héroe como un eterno adolescente que no conoce límites ni parece entrar al mundo adulto: maravilloso, necesitábamos vernos arrastrados en esa lógica, vivirla para saber como es y hasta donde llegan sus ilusiones sin salida; es un texto, nada más, señores de la Inquisición. Casanova revela una paradoja eterna de la humanidad, una de aquellas que sirve de conclusión a tantos horrores de la historia: el que predica y publica santas intenciones y nobles propósitos resulta ser casi siempre un villano, y el que parece un villano viene a liberarnos. ¿Carnaval, anybody?

 

Hay justamente en muchos de sus actos de conquista una liberación de la mujer seducida; gran paradoja del Libertinaje. En una sociedad donde la mujer no dista mucho de ser una mercancía familiar negociable, o una ponedora, propiciar la liberación de su libido gratuita, desconectada del matrimonio y la procreación, es un acto de subversión. Casanova rompe esquemas, revienta el yugo moral, desbarata la cadena familiar y social que mantiene presa a su designada hasta el momento en que llega la explosión libidinosa. Así el gran Giácomo logra combinar en un solo gesto de libertinaje el despertar de la vida sexual de la mujer seducida con la conquista de su libertad individual, a través de lo que él denomina amor -amor libre y desconectado del uso socioeconómico de la copulación productiva -ergo la importancia del condón. En Casanova el "sexo" es ese tipo de amor, fugaz ciertamente, pero libre de ataduras matrimoniales, donde la relación sexual se nutre de una aventura compartida, de una complicidad. En otros casos el forcejeo seductor culmina con una agresión donde la intervención manipuladora del Don Juan se convierte en una cátedra de ética supra-moral. Curiosa violación de principios que constituye finalmente la salvación de la mujer, conquistada en su auto-engaño por la fuerza del dinero o por el poder de las apariencias. (Por cierto, existen versiones sobre el origen de la ópera "Don Giovanni" de Mozart que involucran a Casanova como autor de muchas de las ocurrencias del libreto firmado por Lorenzo Da Ponte; se comprobó la convivencia simultánea, en Praga, de Mozart, Da Ponte y Casanova, así como la colaboración de estos dos amigos italianos, en la gestación de esta obra maestra que reboza de conceptos revolucionarios.)


En un tiempo en el que era impensable su transformación, la figura masculina, factor de opresión de la mujer, vivió en el personaje de Casanova una mutación hacia un papel muy diferente en la dialéctica de los géneros. La lectura transgenérica y crítica de Casanova que se impone hoy debe tomar en cuenta su postura generosa y liberal frente a la elección sexual de sus compañeras, aún en la plenitud de su relación con ellas. Con suavidad y curiosidad tolera las alternativas que ellas elijan: la infidelidad, o incluso la homosexualidad, desprendiéndose de la posesión machista que siempre fué tradicional en las culturas del Mediterráneo. Esto es notable en el texto, y dista mucho de la idea que una lectura feminista primaria podría hacerse a priori de este autor tan mal conocido. En la obra persiste, ciertamente, el culto a la belleza física, a la hermosura juvenil del rostro, como motores principales de la atracción, pero los bellos y las bellas se juntan para rascarse: el propio Casanova era muy atractivo: muy alto, moreno, enérgico...y también atento a sus ocasionales inclinaciones homosexuales, que aparecen en filigrana en tantos episodios. La "corrección política" tendrá que buscar otro terreno que no sea la historia de Casanova para ejercer cómodamente su tartufería; el autor pone a hablar a tantos tontos moralistas que la obra sirve de espejo curativo a la imbecilidad del lector más sabidillo -nos incluímos, viendo lo mucho que aprendimos en este gran libro.

 

Casanova es también el rey de la inmediatez, el más talentoso improvisador de situaciones, el más instantáneo creador de teatralidad carnavalesca, donde la máscara, la capa, el escamoteo, la puerta escondida, la góndola secreta que parte en segundos hacia un encuentro al otro extremo de la ciudad lacustre, el cuarto con falsos espejos, la doble identidad, la trampa de la apariencia, son elementos de una Venecia Conceptual que nunca lo abandona, ni en el cruel destierro que lo atormenta por décadas. Como en los desplazamientos de la góndola veneciana, impulsada a empellones por la percha o el remo, todo en Casanova parte de un impulso; esa es su figura literaria predominante: La Pulsión. Son muy escasos los capítulos, en tres mil páginas de la  más aristocrática literatura de aventuras, donde se pierda el nervio en enumeraciones históricas sin tensión argumental. Siempre se progresa  de una erección a otra, con un recurso narrativo bien perfilado en cada frase, en cada párrafo. El viejo Casanova escribe sus memorias con el recuerdo de su Pene ("Sólo el cuerpo recuerda", dijo el poeta Israelí Isaac Laor), pero con una pluma muy sabia y sosegada por la edad. Centenares de veces a lo largo de esta obra fabulosa construye el acceso progresivo a la conquista y al acto sexual con detalles que desatan sudorosas expectativas en el lector (¿solo varón?). Y concluído el proceso de seducción, el relato de la posesión plena de la mujer codiciada no anula el interés por continuar la lectura... a menos que el lector que se esté masturbando con el libro pierda el hilo... (El Príncipe Charles de Ligne, su fiel corresponsal de la vejez le escribe, refiriéndose a sus sus relatos: "Un tercio me hizo reír, un tercio me puso en erección y un tercio me hizo pensar") pero el que se masturba leyendo no entiende nada, esto no es pornografía. 

 

Casanova logra mantener el interés post-coïtal precisamente porque no pierde tinta como Sade cartografiando los orificios, calificando lubricaciones o calibrando las penetraciones y midiendo las posturas, pese a su franqueza carnal describiendo por ejemplo la soltura de su mano bajo las faldas de una muchacha. No usa la descripción detallada del acto sexual salvo que esté revelando una curiosidad física particular, un signo que revista importancia en la construcción del relato: su escritura erótica es elegante, retenida, discreta, decente como un libro devoto (y por ello excita más que Sade, que es francamente repulsivo por momentos, salvo en su magistral "Filosofía en la Alcoba"); siempre aparece después de la posesión una etapa inesperada de la aventura, un nuevo enamoramiento, oportunamente. Lo curioso, del punto de vista literario, es que esta avalancha de conquistas no cansa al lector, lo va iniciando a su manera, en crescendo, hasta el ahogo en la persecución sexual insaciable; y no es banal la secuencia infinita de romances, no son banales sus conquistas llenas de entuertos ni las situaciones finales -aunque repetidas- que le toca vivir con sus compañeras. Casanova es admirable por la capacidad que tiene de soltar, de desprenderse de su amada, de asumir el final de la aventura y el dolor del adiós. Cada ascenso tiene su muerte, el retorno a la ceniza soledad. Cada conquista pone en juego un teorema interpersonal distinto, sumando enseñanzas que hacen crecer espiritualmente (y aveces socialmente) 1) a la mujer seducida, 2) al mismo Casanova que aprende de sus propios impulsos, aunque por momentos no lo parezca y 3) al lector que no sale de su asombro ante la cantidad de velos y trancas que pueden caer por la insistencia de un pene.

 

Pero quizás el asombro mayor venga del descubrimiento (o la confirmación), un siglo antes de Freud, de la importancia de la pulsión sexual y sus laberintos en todos los escenarios de la vida: negocios, gobierno, religión, ocio, arte, salud. Eso es lo que perturba realmente en las memorias de este dandy precursor de Baudelaire, maestro de generaciones de librepensadores:  todo en el mundo aparece gobernado por pasiones inconfesables, y la luz mediterránea que inunda sus páginas propicia la revelación de lo oculto: vidas de príncipes y mercaderes, marquesas y costureras, todas presentadas en relación a la sexualidad y sus transacciones secretas. Por esta revelación, tangible en cada episodio, los relatos de Casanova no son una mera colección de trofeos de cacería sexual, lo que rebajaría su obra al rango de literatura para muchachitos. Esa reducción pornográfica del gran Casanova, recortando sus escritos, descalificando al personaje, se intentó siempre con fines moralistas porque su texto ejerce una influencia, inaugura registros impúdicos en el verbo, deja muy maltratados a los que se esconden detrás de falsas probidades; quizás mucho más que la obra de Voltaire -quien lo despreció levemente en su momento- y más, ciertamente, que muchas obras de sus contemporáneos. Giácomo demostró que no hace falta guillotinar al rey, ni ser anticlerical para subvertir el reino de las consciencias: hay que tener la pluma apropiada, y meterla entre la piel y el vestido.

Otras lecturas de este libro nos brindan un retrato contrastado de las naciones europeas, algunas de las cuales parecen haber cambiado muy poco en muchos detalles desde el siglo XVIII.  Casanova, viajero elocuente, logra expresar el contraste que ya hemos mencionado entre los polos de economía capitalista como Holanda e Inglaterra, donde todo se puede negociar, comprar o vender, donde la prensa es libre y comenta todo con sarcasmo; y los territorios feudales de la Inquisición, donde la gravedad de los caballeros se ve igualada únicamente por su improductividad, su flojera o su hipocresía. El gran centro del tablero, ocupado por Francia, nación equilibrada entre estos polos, es un territorio de relativa libertad y de discusión abierta. La Filosofía de las Luces florece bajo la égida del gran Luis XV, sin duda porque en lugar de reprimir ferozmente a los creadores de nuevas formas de conocimiento este monarca se dedicaba oficialmente a sus amantes, imponiendo por décadas el tono de libertinaje generalizado que aparece retratado en las memorias. Nación totalmente centralizada, Francia copia al pié de la letra lo que el rey sugiere en sus actos, pero el comercio y la industria naciente van cambiando el panorama. La Enciclopedia nace hacia 1750 de las manos de una tecnocracia emergente que se ocupa de sistematizar la producción de bienes centralizando el conocimiento, mientras los nobles viven sus últimas décadas de abuso fiscal. En cada estadía Casanova nos revela la deriva económica de las diferentes naciones que visita por los detalles de la vida cotidiana y por sus proyectos personales. En Francia ayuda a montar y administrar la lotería, instaurada para incrementar la recaudación real, prueba de que la obsesión de los impuestos era la única que podía salvar a la clase privilegiada totalmente improductiva. En España espera ser contratado por la corte para diseñar un proyecto de desarrollo demográfico y económico de la despoblada Sierra Morena, y nos muestra un reino lleno de hidalgos mendigos de capa caída, palacios llenos de suplicantes esperando favores, en una época en que las Indias ya no ofrecían la plusvalía acostumbrada. El cuadro que pinta de Madrid es patético; una ciudad desconectada del mundo en el centro de un país sin gracia, tosco, lleno de pulgas e inquisidores. Lo que salva a España en el recuerdo de Giácomo es el hecho innegable de que las religiosas excitan mucho más al libertino que las mujeres de su propia especie; pero entre las niñas devotas de Madrid y las monjas de Roma o Venecia hay un trecho: en Italia siempre aparece un cardenal que logra liberar a la monja, suavizando los claustros para colocarla en la cama de Casanova.  En Inglaterra retrata un sistema jurídico enteramente dedicado a la policía económica, indiferente ante el delito de opinión y casi ciego en los casos de la vida privada inglesa, en la cual la gente sobreocupada trabajando no tiene ni siquiera el ocio de cultivar la culinaria, mucho menos el libertinaje. Todos estos datos etnográficos y culturales entran como detalles del telón, pero en cada estación del viaje se convierten finalmente en factores de fuerza mayor que determinan el momento de la huída repentina del héroe hacia otra nación. Italia parece ser su jardín predilecto, donde encuentra la alegría proverbial de una península poseída por la música y el canto; una nación ocupada perennemente por asuntos de ópera, teatro, danza, carnavales, bailes y todos los preparativos para una fiesta que no parece terminar. La importancia de la declamación poética, de la gracia en el escenario, de la comedia y del disfraz borra todo lo que se pueda referir a trabajo, vida material, penas y dificultades para Casanova, cuando pasa temporadas en Roma, Nápoles o Milan. Esa sensualidad omnipresente es finalmente lo que percibimos en toda esta fabulosa historia de su vida: la belleza de la seda, de la piedra en un anillo, la calidad del vino, la frescura marina de la ostra, la viveza de cierta danza veneciana, la pureza de un seno, el timbre de una voz amorosa, la delicia de un sorbete de limón; todo contribuye a una sinfonía italiana que nos invade, borrando de nuestras mentes el lodo de los días amorfos, la patética fealdad del mundo.

Relato por Paul Desenne
Bogotá 2005