ESSAYS: Fumo, ergo sum

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Cigars


FUMO, ERGO SUM

Entre las contribuciones del continente americano a la dieta y al entretenimiento del continente más aburrido y pálido del planeta (adivinen cual) se destaca una familia gigantesca de plantas muy variadas, las Solanáceas, que incluye casualmente las más deliciosas y las más venenosas: el Tomate - o deberíamos decir los tomates por sus formas tan variadas del Tomatillo Verde mexicano hasta la Uchuva y el Lulo, pasando por el tóxico tomate de árbol, que me da dolor de estómago instantáneamente; el Pimentón, la Berenjena, los Ajíes, la Papa, la Datura Stramonium o Borrachero... y por supuesto, nuestro gran Héroe Caníbal, el Tabaco, el geniecillo habano que propició la caída de la Humanidad hasta el Apocalipsis -ya verán porqué. Las Solanáceas son las verdaderas destinatarias de la mejor frase del Génesis: "del fruto de aquel árbol no comereis, ni fumaréis"; gracias a esa prohibición ya extendida podemos ubicar el Edén en aquel continente aún sin nombre que casualmente aparecía como fantasma en los mapas a medida que se traducía la Biblia a idiomas que todos los desposeídos podían entender aunque no leyesen. Hay una predestinación que se revela en las Solanáceas, que pone en relación al Nuevo Continente con el Fruto Prohibido; el Pecado Original se promociona formidablemente con la Reforma, (y sobre todo con la reforma calvinista, ver los viajes del reformista de primera generación, amigo de Calvino, Jean de Léry y su extraordinario "Voyage en terre de Brésil", inspirador y precursor de Lévy Strauss); este gran Pecado se vuelve un concepto fantástico para explicar la Caída del Hombre (aunque las mujeres también fumen). Extrañamente se multiplican los avatares del fruto prohibido y sus efectos magnificos desellando ojos, llegando hasta la Razón cartesiana, que sin negar la existencia de Dios pretende que se examinen por primera vez todas las verdades adquiridas en ciega fé. El fruto más terrible de este nuevo Edén, por supuesto, era el Tabaco, propiciador de un inexplicable vicio que ponía en evidencia la debilidad del hombre ante las pulsiones de la carne, invitaciones del Diablo; vean las primera líneas del Don Juan de Molière, en las cuales nuestro seductor diabólico escandaliza al público defendiendo su consumo. En su travesía por el desierto de la represión y la pobreza, los Puritanos radicales de Inglaterra se exilaron en las tierras de Virginia, buscando la tierra prometida. Sabemos que los más radicales son siempre presa de sus enemigos más acérrimos: ¡Y qué fueron a cultivar primero los Puritanos, sino el Tabaco! Fueron directamente al arbol prohibido y comercializaron sus frutos, desarrollando la primera mercancía exportada hacia el viejo continente desde Norteamérica, el rubro colonial más codiciado a principios del siglo XVII; motor de las más fuertes inversiones de capital desde la metrópoli, producto que se volvió el eje fundacional de toda la colonización posterior al sur de la Nueva Inglaterra. Lo que venía de una tierra con ese nombre de Virginia no podía ser sino diabólico.

Sin duda el tabaco le estaba enseñando algo nuevo a la humanidad que lo descubría, su valor súbitamente encumbrado no correspondía únicamente a su gigantesco potencial de plusvalía comercial, sino que éste más bien venía de un poderoso efecto del fruto del Bien y del Mal que, abriendo ciertas percepciones irreversibles, iba a cambiar la humanidad para siempre; la percepción del tiempo absurdo que ocupa la existencia, revelado por la curiosa sensación de la fumada y sus mecanismos bio-simbólicos. Recordemos un brevísimo episodio del extraordinario relato de las travesías de Cabeza de Vaca, que duró diez años deambulando desnudo, perdido entre la Florida y México. En un punto de su viaje recuerda a un indígena que le pone un altísimo precio a un pequeño paquete de tabaco. Cabeza de Vaca se asombra de la importancia que tiene un atado de hojas que ni siquiera son alimento; desde su desnudez forzada en el Edén americano nuestro viajero alucinado no podía ver en semejante mercancía un fruto prohibido, pero sí uno más importante que los alimentos que se sacrificaban para poseerlo; definitivamente un alimento espiritual -competencia desleal para los administradores de sacramentos oficiales.

 

Nos preguntamos entonces porqué lo consumían tanto, porqué lo codiciaron tan pronto, porqué se volvió tan popular inmediatamente, también en las colonias españolas, donde a falta de oro se fumaba la hoja dorada esperando que brotaran riquezas. ¿Maldición lanzada hacia las metrópolis, o marcha apocalíptica, relojería irreversible de las Escrituras? Nos parece irreductible a la pura bioquímica este fenómeno tan apasionante; hay un nivel simbólico que se asocia necesariamente, por nuestra naturaleza hablante, al efecto embriagante del humo.

 

Una nueva palabra con su red de definiciones puede tener un efecto definitivo sobre nuestra percepción del mundo. Pienso por ejemplo en los conceptos heredados de culturas orientales, que inauguran registros de inteligencia donde no existía cosa alguna; como por ejemplo un término que aprendí hace poco, la palabra japonesa Ma, que señala el marco de silencio antes y después de un acto, momento de preparación y eco en la conciencia (creo que estoy inventando pero suena bonito, y si es así se fortalece mi argumento). Al surgir la palabra nueva, Ma, nace un espacio simbólico que permite alojar aquello que el concepto designa. El instante de lucidez que otorga este nuevo significante puede salvar una vida, perfeccionar un gesto definitivo, evitar una tragedia, mejorar un plato o un poema, y luego permitir que se imprima bien el cerramiento del acto concluído en nuestra conciencia. Las nuevas palabras que conocemos son "creacionistas", es decir que sacan nuevas herramientas para la vida de la nada o del olvido, según la interpretación, nihilista o platónica.

 

Del mismo modo existe un vocabulario bioquímico de los estimulantes. Cuando surge en nuestra cultura una nueva sustancia proveniente de otra cultura distante; cosa que ocurrió cuando irrumpieron en algun momento el café, la coca, la cola, el ginseng, el cannabis, el tabaco o el yajé, ingresan como nuevas palabras en el vocabulario bio-simbólico de nuestro cuerpo cultural. Se abre un espacio de percepción, como un concepto bio-químico y luego sensorial que propicia la formación de significados, fuertemente acondicionados en su estructura por la naturaleza y la periodicidad de los efectos. Muchas veces este cuerpo cultural recibe dichos productos en forma bruta, sin el manual de uso establecido por las culturas que las han aislado y en cierto modo creado, al cabo de procesos milenarios, muchas veces por instrucciones directas de los dioses; se generan entonces sentidos incompletos, truncados por nuestra proyección de significados sicomágicos tergiversados, aleatorios y perversos, en los momentos alterados de la percepción. El alcohol, por ejemplo, posee muchos rituales de consumo bien anclados y catalogados en nuestra cultura, y en su origen viene asociado a la conservaci_ón de los cereales y otros alimentos en forma fermentada. Proporciona un estado de placer que sin duda nuestro cuerpo asocia, desde los tiempos más remotos, con la abundancia de comida, con la sensación de saciedad y de plenitud, simbolizadas también en las fiestas otoñales de la cosecha y de la abundancia. El cannabis, según mi especulación, tiene en el ser humano una asociación muy antigua con un estado de saciedad similar. Todos nuestros ancestros transitaron alguna vez por los valles inundados de la antigua Mesopotamia, en las olas migratorias que salían como sangre del corazón africano, y estos territorios eran gigantescos campos invadidos por el cannabis que proporcionaban un alimento estupendo y abundante en sus semillas (aplicando la etimología amateur, que tanto le gustaba a Platón, podríamos conectar la voz babilónica kennep, campo, con kunnabu, cannabis; antes del glifosato todos los campos eran de marihuana!). La huella bioquímica de esta saciedad quedó en un receptor neural, ávido del recuerdo de las sustancias asociadas al gran festin de las semillas, los cannabinoles, cuando vivieron por milenios nuestros protoabuelitos en la Mesopotamia del homosapiens ancestral, comedor de haschish (por cierto, pude superar hace muchos años esa etapa primitiva trababilónica).

 

La cultura occidental moderna ha sido experta en tergiversar el sentido bio-mágico de las sustancias, acabando con los rituales desde la postura racional del materialismo, obsesionado por la purificación del extracto, por el perfeccionamento del comercio mediante la agudización de las dependencias manejadas, mas no por la comprensión del sentido de las ceremonias. De esta desritualización provienen todos los problemas de "orden público", de consumo enfermizo, de salud pública. Pero aún los propios indígenas que inventaron la palabra Tawadü, de las étnias Caribes al sur del Orinoco, pueden ser víctimas del vicio, estan en la vanguardia del peligro. Cuando viajé al mítico salto Para, punto de quiebre del río Caura, afluente del Orinoco que proviene del corazón selvático del sur venezolano, observé con sorpresa como unos nativos perfectamente desnudos fumaban unos lujosos cigarrillos super king-size. Pensé que la perversión occidental había alcanzado el límite tolerable. ¿Cómo era posible que los propios inventores de la palabra tabaco, en su selva original y en su cultura bastante preservada, fumaran unos delgados y larguísimos cigarrillos que uno solamente suele ver en las pálidas manos recargadas de diamantes de las millonarias en una mesa de casino? ¿Regalo de turistas? Los femeninos cigarrillos, finísimos, de un blanco immaculado, estaban en todas partes, y algunos parecían demasiado largos para ser reales, la cajetilla tenía que ser grotescamente larga...¿también eran Ultra-Lights? ¡Qué perversos! Preguntando me informé, y descubrí que usan una corteza suave, blanca y perfecta para fabricar unos rígidos cigarrillos, finos y extensísimos, que por la comodidad y la discreción de la dosis multiplican la oportunidad de fumar.

 

¡Los indígenas ya tenían el cigarrillo! ya lo habían inventado, junto con el abuso y la inhalación completa, y el Shamán del asentamiento donde nos encontrábamos estaba muriendo de cáncer pulmonar; era muy vicioso y almacenaba grandes paquetes de la corteza, pero cantaba muy bonito. Al poco tiempo murió sin dejar herederos que pudieran seguir transmitiendo sus conocimientos.


El Tabaco es un secuestrado más del capitalismo. Encarcelado en el cigarrillo moderno, el duende misterioso que nos revela la Muerte en cada fumada se ha convertido en el cobrador de una pequeña muerte a crédito, por cuotas, de una muertecilla sin grandeza, velada, banalizada, desritualizada. Solamente los más pobres campesinos que veneran el tabaco puro de sus veredas, los apasionados de todo tipo y los millonarios que fuman los habanos más costosos, en un acto que no deja de ser profundamente irónico, entienden la grandeza de esa muerte que pinta el geniecillo picante del Tawari, Kháwai, o Tabaco. Entre los dos extremos están los cómplices del secuestro, los que fuman una mezcla de papel envenenado con perfumes punzantes, que logran convertir cualquier espacio en un infierno con un solo cigarrillo, sin conseguir ni siquiera una fracción de la lucidez que ofrece un ritual exquisito.

 

Más allá de las advertencias médicas de los paquetes de mal-boro, fotos de pulmones podridos, corazones marchitos y naturalezas muertas en las camillas metálicas de una morgue, el Tabaco ofrece, en sus diversas culturas, un ritual de contacto con la Muerte; para entender esto mejor nos queremos detener en lo que constatamos simbólicamente desde una percepción común, universal, del acto de fumar el tabaco puro.

 

Al igual que lo que ocurre con otras drogas, el fumar se sostiene en la ingestión repetida de una dosis de alcaloide; esta dosis en el tabaco puro no es por inhalación directa -y mejor que no lo sea- sino por contacto bucal e inhalación secundaria de un humo mucho más ténue que el chorro primario que chupamos del puro, que expulsamos de la boca y cuyos residuos aromáticos respiramos con cierta fruición: el tabaco es ante todo un aromoso complejo. El ciclo es corto, el cuerpo pide repetir la dosis cada fracción de minuto; ingresamos a un estado donde la gratificación bioquímica se asocia a un ciclo temporal evidente; se pone de manifiesto la medida de ese tiempo con un reloj corpóreo que establece su imperio sobre nuestros sentidos y luego, si somos un tanto reflexivos, sobre nuestra conciencia, que al final se acostumbra al abandono momentáneo del timón del yo para cedérselo al duende. Sentimos el tiempo correr por nuestras venas, sentimos como decae, lentamente, el bienestar bioquímico hasta la próxima dosis; el tabaco actúa como un temporizador: fumamos el Tiempo. Hay otros factores: evolución de aromas, constataciones hechas sobre el estado de la ceniza... pero el primero, la consumición, construye todos los demás sobre un modelo temporal irreversible. La interacción entre fumar y pensar, fumar y conversar, ha sido tema muy estudiado, poéticamente, filosóficamente, incluso científicamente. No entremos en la caverna de la oralidad, y en los múltiples usos simbólicos del humo en la boca: revelador del aliento, previamente invisible; nutriente galactomorfo inhalado de una teta vegetal humeante, seno volcánico de la Madre Tierra; purificador de la exhalación muda o suavizador de la exhalación parlante, del fumador que habla en el humo, con palabras aterciopeladas labradas desde un fuego interno, otra manifestación volcánica del sentido. Saltemos ese capítulo tan complicado: hablemos meramente del Tiempo. Un célebre estadista francés no fumador que visitaba al Kaiser en Berlín prefirió aceptar un cigarro que le ofrecía su anfitrión para no darle la ventaja de ser el único en tener el derecho de hacer pausas para producir humo. Esos preciosos instantes de silencio obligatorio eran vitales para pensar en reuniones de estado, vitales para callar y dejar que el contrincante se perdiera en sus propios laberintos verbales y así ganar tiempo dejando que el otro se enredara y se comprometiera más allá de lo necesario. El astuto francés pensó que sería mucho más prudente aceptar el puro del Kaiser para gozar también del beneficio de las pausas forzadas que da el cigarro. Los estadistas ya no fuman, o se reunen en salas donde el habano no es permitido.

 

Vemos la Muerte infiltrarse en todo el proceso temporal de la fumada: pequeñas muertes de las cápsulas momentáneas de placer, pero muerte también del cigarro: una vez encendido no puede volver a su estado de pureza, es irreversible la quema, como el tiempo; lo invade la ceniza, se consume y se convierte en cadáver; metáfora de nuestro tránsito absurdo por este mundo, que nos reubica de manera palpable en la importancia del instante, descubriendo la vanidad de las ilusiones: todo es humo y ceniza. Este objeto tan precioso, que en su forma de habano es un cuerpo cuasi humano, posee tripas, piel, cabeza y pié -e individualidad; es una teta y un falo también, viene acostado como un ser en una caja de cedro rosado como el útero ¿ataúd? una vez encendido pierde su olor a pupú (de veras, los mejores huelen a mierda cuando uno abre la caja) y se va convirtiendo progresivamente en un desecho liviano que pierde su alma humeante, en ceniza que muy bien podríamos untarnos con sudor en la frente y decir, mirándonos en el espejo líquido de una copa de Ron o de Single Malt: "del polvo vienes y en polvo te convertirás". El tabaco, al final, nos deja un luto maravilloso, una sensación de final irremediable, por más que lo lavemos con el último trago.

 

La historia del tabaco está asociada al Eden de América, y al fruto prohibido de las Solanáceas, plantas venenosas y nutritivas para el cuerpo y los sentidos. La Europa moderna no existiría sin ellas; imaginen por un instante a Italia sin el Tomate. La península se desvanecería, quedando en su bandera mocha una albahaca arrugada arropando la tiritante rebanada de mozzarella, añorando el Sole Rosso del Pomodoro. Otra hipótesis negada: la lluviosa noche de Bélgica con sus mejillones, cauchudos y arenosos como la vida en Bruselas, sin el oro crujiente de la Papa frita en aceite de Maíz. O la Ratatouille de Niza, soporte físico de los divinos efluvios del Romero, sin el Pimentón ni la Berenjena...¡Se derrumbaría toda la dieta Mediterránea si no existieran esas esponjas berenjenudas llenas de aceite! Y pasando al estado gaseoso, las sobremesas de acquavit, grapa o slibovice que aparecen después de todos estos platos, en el solaz post-solanáceo, serían intolerablemente abrasivas sin el azulado humo, desnaturalizado y saborizado, que funge de atmósfera en la sección de fumadores del infecto cigarrillo. Pero el Tabaco, pese al cigarrillo que es la forma ensuciadora del geniecillo habano, es en esta cultura occidental mucho más que un simple manchador de manos y mostachos, que un generador de monóxido y de asquerosos ceniceros repulsivos.... Es el brillante estilo de Churchill, cincelado en sintética roca de Anglia; es el pícaro y perverso lied Freudiano, labrado en aceitosas serpentinas. Sin el cigarro que lo mató de un cáncer de la boca Sigmund Freud no hubiera descubierto nada importante: sencillamente el Subconsciente yacería todavía en el subconsciente. Para explorarlo había que fumar, salir de la lógica y dejarle espacio a las pulsiones irracionales propiciadas por las cápsulas de inacción forzada del shot nicotínico. Para derrotar a Hitler, ese vegetariano que no podía ver un cigarrillo ni tomar un trago de alcohol, Churchill tuvo que fumar toneladas de habanos extraordinarios y beber habitaciones llenas hasta el techo de botellas de whisky; lo derrotó por las fructíferas pausas entre fumadas, el "Ma" del tabaco, que le dan en la conversación ventaja al interlocutor que fuma el puro sobre el que no lo hace (por eso es imperativo aceptar un cigarro en una negociación, si el contrincante va a fumar); pausas entre fumadas que suelen tener un efecto bloqueador sobre las reacciones impulsivas, irreflexivas, delirantes y tiránicas del Yo. Hitler no fumaba, por eso no escuchaba sus propias estupideces que lo derrotaron; el duende del tabaco convierte el monólogo en diálogo con la muerte. El tabaco nos trajo también el melancólico bajo profundo de las sonatas de Johannes Brahms, fundido en el bronce de bordones que salen directamente de las míticas fraguas del Rhin; el verso de Apollinaire, manchado de barro y sangre en las trincheras absurdas. El tabaco es el verdadero protagonista de "A bout de souffle" de Godard, donde Belmondo prende un cigarrillo con la colilla del anterior frente a un afiche de Bogart pucho en boca, y así durante todo el film hasta sucumbir en la fuga por falta de aliento (ojo, Godard fuma habanos, no cigarrillos)... Todos esos intangibles europeos son inconcebibles sin el puro, el cigarro de tabaco o la pipa, clavados en la barba de los abrigados genios en sus gélidas recámaras. "Je suis la pipe d'un auteur...". Hay un origen muy preciso, bio-simbólico, de todo esto, es un proceso que nace en el siglo posterior a la conquista de los territorios surcados por los Caribes, domadores-domados del Tabaco.

 

Si pudiéramos como americanos cobrar regalías retroactivas por su explotación, tendríamos que examinar unas cuantas cositas antes de hacer las cuentas...y eso que no consideramos aquí la farmacéutica de los innumerables venenos que se extraen de otras solanáceas, como la escopolamina que viene de la hermosa flor del Borrachero, sin hablar de las que están por descubrirse en la etnobotánica shamánica y amazónica que tampoco nos beneficiarán con prontitud. ¡Se podrían utilizar los venenos como penalidad por el incumplimiento de los pagos; gas burundanga sobre Europa!

 

En el capítulo de la Gran Venganza Alcaloïde, abultado y policíaco, leemos que el Tabaco le fué enviado a Occidente como castigo por los Caribes, en combo con la sífilis y las papitas, y que el cobro de la deuda pendiente ya se efectúa ámpliamente con el cancer de pulmón y el enfisema pasivo en las cámaras de gas de acceso voluntario. Pero es mucho más compleja la relación, y más nociva la venganza lanzada a occidente desde las colonias de América si consideramos el producto derivado más importante del Tabaco: la Modernidad, verdadera expulsión final del Edén que empieza exactamente con la llegada del geniecillo amarillo a los bares de Holanda...¿Coïncidencia? La patria del libre comercio mundial, los Países Bajos, es también la patria del libre pensamiento, y Descartes escribe hacia 1630 su frase tajante "Je fume, donc je suis", en su exilio Holandés, muy cerca de los establecimientos donde la población se ahuma frenéticamente el encéfalo con el exquisito Varinas o Virginia.

 

Fumo, ergo sum. El pensamiento se revela como conciencia de la existencia, vacua y pura, gracias al mecanismo temporal de la ingestión, efecto y decaimiento de las microdosis nicotínicas. A partir de ese momento histórico se dispara en Occidente la percepción absurda del tiempo, hasta llegar al "À bout de souffle de Godard". Con la masificación del cons-humo se afianza la lenta muerte de la divinidad religiosa; se define con más claridad el imperio de los sentidos. Curiosamente el trabajo de Descartes se enfoca en el descrédito de la información sensorial para acceder a la verdad, cuya definición matemática intenta establecer en el campo de la óptica, por ejemplo. Nos preguntamos si el tabaco, con su perturbación sensorial, no reveló con mayor fuerza esa des-confiabilidad de los sentidos ante los ojos de sus contemporáneos y los del mismo matemático, que seguramente tenía su pipa de cerámica blanca, de canuto largo y elegante. Por un lado estimuló la ciencia y por el otro la introspección sensorial: dos atentados contra la religión.

 

Mucho más potente que el alcool, atemporal y nutritivo, calórico y oceánico en los naufragios de la lucidez, el tabaco fumado es el símbolo del vicio lúcido y metronómico, que a su vez se vuelve metáfora de nuestra vida: absurdo, injustificado, no-alimenticio, consumible, instantáneo y fugaz, repetitivo como la respiración, y sobre todo mortal, con su residuo inasible de cenizas y recalentamiento global. Su aparición lo explica todo: la fuga del tiempo hacia adelante, la ecuación tiempo-muerte, el cubismo, el subconsciente, la revolución, la prisa del helicóptero y del banana-split. Proyectando estos puntos hacia el futuro el tabaco nos estaría llevando al Apocalipsis ¡Delicioso, con tal de que sean Habanos legítimos, de fuma lenta y suntuosa!

 

Relato por Paul Desenne

Bogotá 2008